La España segura de Franco

Hoy España es un país donde te roban el móvil en el metro, ocupan tu casa con total impunidad y los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra con una palmadita en la espalda. Donde la policía pide permiso para actuar, los jueces están atados y los políticos te dicen que sentirte inseguro es “una percepción subjetiva”. Pero hubo un tiempo en el que eso no pasaba. En el que se podía vivir con la puerta abierta. En el que el que la liaba, la pagaba. Y ese tiempo era el del franquismo.

Franco lo tenía claro: sin orden, no hay libertad. Por eso su régimen fue implacable con el crimen. Había penas duras, sí. Pero también había consecuencias. No se confundía al delincuente con la víctima. No se daban subvenciones al que apuñalaba, ni se montaban ONG para defender al que asaltaba un comercio. El que violaba, robaba o agredía sabía que no se enfrentaba a una paguita y unas clases de reinserción. Se enfrentaba al Estado.

La policía no era un adorno institucional. Era una fuerza eficaz, respetada —y temida cuando hacía falta—, que patrullaba, prevenía y actuaba. El ciudadano sabía que estaba protegido. El maleante, que no tendría impunidad. Y el resultado era evidente: España era un país seguro. Se podía pasear de noche por cualquier barrio. Se podía criar a los hijos sin miedo. Se podía vivir sin paranoias.

Y no era solo represión. Era respeto. El respeto que se inculcaba en casa, en la escuela y en la calle. A la ley, a la autoridad, a los mayores. No había esa chulería infantilizada que hoy vemos por todas partes, ni adolescentes con móviles de mil euros escupiendo a profesores y mofándose de policías. Había disciplina. Y eso se notaba en todo: en el civismo, en la convivencia, en la tranquilidad del día a día.

Las cárceles no estaban llenas de reincidentes. No eran hoteles con televisión y actividades lúdicas. Eran centros de castigo y reeducación. Porque el mensaje era claro: si cruzas la línea, vas a pagar. Hoy, el mensaje es el contrario: si eres “vulnerable” o tienes “problemas estructurales”, puedes hacer lo que quieras, que el Estado te comprenderá.

Franco no se andaba con paños calientes. Porque entendía que un país donde el crimen no se castiga, está condenado a la decadencia. Y porque construyó un modelo de seguridad que funcionaba, sin cámaras por todas partes, sin alarmas en cada casa, sin leyes ridículas que protegen al agresor antes que al ciudadano honrado.

Hoy vivimos entre rejas invisibles, no por miedo al régimen, sino al que te espera al girar la esquina. Y eso es lo que muchos no quieren reconocer: que cuando había orden, se vivía mejor. Que cuando había autoridad, se vivía más tranquilo. Y que, aunque les escueza, Franco fue quien garantizó eso durante décadas.

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