Cuando España no pedía permiso para ser España
En una época en la que nuestros gobernantes corren a Bruselas con la mano extendida y la rodilla doblada, cuesta imaginar que hubo un tiempo en que España decidía por sí misma. Que no necesitaba la bendición de tecnócratas europeos ni el chantaje constante de la OTAN o del FMI. Ese tiempo fue el franquismo. Y no por capricho, sino por principios. Porque Franco entendía algo que hoy ningún político tiene el valor de defender: la soberanía nacional no se negocia.
Tras la Guerra Civil, España quedó aislada. Las potencias occidentales no querían saber nada de un régimen que no se alineaba con sus intereses, y la izquierda internacional lloraba porque no había salido la revolución roja. Franco, lejos de suplicar perdón, levantó la cabeza y dijo: “España saldrá adelante con o sin vosotros”. Y salió.
El régimen no se dejó comprar con el Plan Marshall. No se convirtió en títere de nadie. Mantuvo una política exterior propia, basada en la neutralidad activa, en la defensa de los intereses nacionales y en una visión geopolítica clara: España primero, y punto. No se entraba en guerras ajenas, no se aceptaban imposiciones culturales ni económicas desde el extranjero, y no se renunciaba a la identidad nacional para quedar bien en ninguna cumbre internacional.
Franco supo manejar con maestría el tablero diplomático. Mantuvo a España fuera de la Segunda Guerra Mundial y más tarde, en plena Guerra Fría, convirtió al país en un aliado estratégico de Estados Unidos sin perder el control interno. Se firmaron los Pactos de Madrid, se modernizó el ejército, se abrieron bases militares… pero todo bajo condiciones claras, sin entreguismo.
Mientras otros países se dejaban moldear por las modas políticas del momento, España bajo Franco se mantuvo firme. Ni globalismo, ni multiculturalismo, ni vasallaje económico. Aquí se defendía el interés nacional. Y se hacía desde una posición de fuerza, no de complejo.
Hoy vivimos en una Europa donde España tiene que pedir permiso hasta para cambiar un impuesto. Donde nos dictan leyes desde despachos que nadie ha votado. Donde se premia al que se diluye y se castiga al que planta cara. Franco habría mandado todo eso a tomar por saco. Porque no concebía una nación subordinada. Y eso, aunque duela, es lo que se ha perdido.
Franco tenía muy claro que España no era una provincia más de un imperio burocrático. Era una nación con historia, con carácter, con derecho a decidir su camino. No mendigaba relevancia. No compraba favores. Gobernaba.