La izquierda avejentada
Anuncia el gobierno español que se van a prohibir las redes sociales a los menores de 16 años. No seremos nosotros quienes digamos que esta medida es intrínsecamente mala, al contrario; pero llama la atención que esta prohibición venga de quienes autorizan a esos mismos chavales a amputarse los genitales quirúrgicamente o a asesinar al bebé que llevan dentro, sin ninguna clase de control o permiso paterno, y con cargo al erario público, naturalmente. Sin entrar en consideraciones morales, no parece coherente la preocupación por la salud y la estabilidad mental de la población de esa franja de edad, a la vista de elementos tan contrapuestos.
Por otra parte, vamos a prescindir también del hecho de que ello supondrá tener que identificarse con DNI para abrirse una cuenta, y no con una simple dirección de correo electrónico y un número de teléfono móvil, como hasta ahora es el caso. Ya han adelantado que ello servirá para perseguir “delitos de odio”, ese concepto orwelliano que cuenta con fiscalía propia y que establece como “odio” cualquier cosa que signifique no seguir a rajatabla el ideario rojilila del wokismo universal. Como somos tiernos e ingenuos, no vamos a suponer que ello servirá para catalogar, monitorizar y controlar al conjunto de la población a la micra, incluso sin que haya una persecución al supuesto “odio” con autorización judicial por el medio.
Nos limitaremos, por consiguiente, a comparar esta medida con la obsesión que ha tenido la extrema izquierda durante un lustro y medio por adelantar la edad de voto a los 16 años cumplidos. Obsesión que cuajó en la propuesta podemita de 2018 (¡oh, qué tiempos de rosas e ideal en la oposición!) y que alcanzó su punto culminante y final en junio del pasado año, cuando la ministro Sira Rego afirmó que incluiría esa propuesta en su futura “Ley de Juventud”, de la que nunca más se ha vuelto a saber nada.
Desde mayo del 68, la izquierda siempre ha dado por hecho que la juventud es suya, aunque luego el dinero, las responsabilidades o la cultura enriquecida alejen de ella a buena parte de las personas maduras. El problema es que la juventud no es de izquierdas ni de derechas, como no lo sería ninguna persona normal a la que no se forzase a quedar encasillada. Izquierdas y derechas son categorías artificiales y ficticias, a las que el Sistema pretende que necesariamente nos adscribamos, para perpetuar su juego sinárquico. La juventud es simplemente rebelde, por razón del desarrollo psicológico propio del ser humano, de la plenitud de las fuerzas físicas y mentales recién adquirida, por reacción natural ante la evidente injusticia de muchas prácticas establecidas. Esa rebeldía fue hábilmente aprovechada por los maestros progresistas de la agitación y propaganda para canalizarla durante décadas, arrastrándola a su redil, en un juego en el que los “antisistema” no eran más que los mayores apesebrados del Sistema, sus gatopardianos juguetes útiles.
Pero ahora resulta que la juventud, rebelde, se ha cansado de mentiras y simulacros. Empieza a rezar y a recuperar la fe en el Dios de nuestros mayores, y hasta le da por rodear el prostíbulo nodriza de Ferraz con peligrosísimas banderas de España y cánticos patrióticos. Resulta que la juventud pregunta por Franco, y ya no se conforma con eslóganes manidos, que se caen de viejos, como las letras del local de un antiguo comercio cerrado hace decenios. Resulta que la juventud compara, se indigna y reclama legítimamente. Resulta que ahora la juventud es peligrosa para una izquierda que recurre a las maniobras inscritas en su código genético: prohibición, mordaza y mentira. Resulta que la juventud es la esperanza de una España mejor, por mucho que a ellos les pese.
No podemos en estas fechas terminar un artículo, por breve que sea, acerca de la juventud y la izquierda, sin recordar a Quentin, el valiente chaval francés vil y cobardemente asesinado por la horda criminal antifa. Así han obrado, obran y obrarán siempre estas sabandijas, como una manada de bestias sedientas de sangre honrada. Que Dios te dé el eterno descanso, camarada Quentin. ¡PRESENTE!
