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Anécdota sobre la sobriedad del Régimen de Franco contada por Alfonso Ussía

Se celebraba un domingo del mes de mayo el Gran Premio del Generalísimo en el Hipódromo de La Zarzuela.
El Jefe del Estado acudía todos los años, llegaba con un ridículo servicio de seguridad, y una parte del público le aplaudía y otra mostraba una silenciosa indiferencia.
Lo normal. Pero aquel año, por un asunto imprevisto, delegó en su vicepresidente, el capitán general Muñoz-Grandes. Don Agustín tenía, como coche particular, un Seat Seiscientos de color claro. No usó su coche oficial, a pesar de que representaba oficialmente al Jefe del Estado. Se sentó al volante del Seiscientos, y lo condujo hasta el hipódromo. Le acompañaba un motorista a pocos metros del coche. Al llegar advirtió ocho coches del PMM, los Dodge-Dart de los ministros. Antes de entrar en el recinto del hipódromo por la puerta de los socios, junto al «paddock», ordenó que se presentara ante él, el conductor más antiguo de los coches oficiales.

–A sus órdenes, mi General.
–Los señores ministros no tienen derecho a usar el coche oficial para asuntos privados. Y menos aún en días festivos. Así que, ahora mismo, se vuelven ustedes a Madrid, dejan los coches en los garajes de cada ministerio, se van a sus casas, y que los ministros, se las arreglen para la vuelta.
-Mi General, han venido con sus señoras.
–Los taxis cuestan lo mismo con señoras que sin señoras.
Nada les dijo a los ministros. Al terminar el día de carreras, éstos se encontraron sin coche oficial para volver.
–He sido yo el responsable. Para venir a las carreras de caballos un domingo, no se puede usar el coche oficial ni abusar del día de descanso de los conductores. Pidan unos taxis. Buenas tardes.
Y así fue.
Alfonso Ussía

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