Cuando el trabajador no era carne de pancarta, sino parte de la nación
Hoy los sindicatos son oficinas de subvenciones, coros del gobierno de turno y refugio de liberados que no han dado un palo al agua desde que firmaron su primer contrato. Están más preocupados por defender ideologías que por defender trabajadores. Pero hubo un tiempo sí, ese tiempo maldito que algunos fingen no recordar, en el que la representación obrera era directa, efectiva y no estaba secuestrada por partidos ni intereses espurios. Ese tiempo fue el del Sindicato Vertical, durante el franquismo.
El Sindicato Vertical no era un sindicato al uso, era una estructura nacional en la que trabajadores y empresarios estaban integrados en la misma organización. ¿Suena raro hoy? Claro. Pero funcionaba. Porque no se trataba de enfrentar clases, sino de armonizar intereses. De buscar el bien común. De evitar que la fábrica se convirtiera en un campo de batalla y el obrero en un soldado de causas ajenas.
No había huelgas políticas. No había piquetes que te partían la cara por querer trabajar. No había chantajes sindicales ni asaltos a sedes empresariales. Lo que sí había era negociación. Regulación. Soluciones concretas. Porque el régimen entendía que el trabajo era sagrado y que el obrero no debía ser manipulado por ideologías que lo usaban como peón para sus guerras sucias.
El trabajador franquista tenía voz. Tenía derechos. Y tenía un marco claro de protección social: seguro de enfermedad, subsidios, acceso a vivienda, formación profesional, vacaciones pagadas… Y todo eso, sin convertirlo en víctima profesional ni en militante revolucionario. Era un trabajador, no un número en una manifestación.
¿Y los liberados sindicales? Cero. El que representaba a sus compañeros seguía trabajando. Porque la representación no era una excusa para vivir del cuento, sino una responsabilidad. Hoy los “representantes” son burócratas profesionales, alejados del tajo, que firman lo que les digan desde arriba mientras llenan la nevera con dinero público. En el Sindicato Vertical, eso no pasaba.
¿Que era una estructura controlada por el Estado? Sí. ¿Que no había libertad sindical al estilo actual? También. Pero lo que había era eficacia, protección y dignidad para el trabajador. Sin vendérselo a partidos. Sin usarlo como carne de cañón ideológica. Sin convertirlo en un juguete roto de la lucha política.
Franco protegía al obrero sin enfrentarlo al empresario. Porque entendía que una nación fuerte no se construye desde la lucha de clases, sino desde la colaboración social. Y porque ofrecía al trabajador algo que hoy le han robado: respeto, estabilidad y sentido de pertenencia.
El obrero franquista no era un esclavo ni un explotado. Era parte del proyecto nacional. Y eso, aunque a más de uno le chirríe, es una verdad que todavía resuena en los barrios obreros que él ayudó a levantar.