Pedro quiere que le salga la cuenta.
“Nada, viejo, que no me salía la cuenta; ahora está bien”, le contestaba Clint Eastwood a Lee van Cleef en la última escena de “La muerte tenía un precio”. Menos guapo, por más que él se lo crea, e igual de chulo, de eso no tenemos duda, ha debido de contestar en algún momento Pedro Sánchez a quien le preguntaba qué estaba ocurriendo, a raíz de algunos de los apresurados movimientos que se han venido sucediendo en las últimas semanas.
No hay prisa para poner en marcha las líneas de AVE interrumpidas, o para que los trenes vuelvan a circular a la velocidad que permite el trazado pagado por los impuestos de todos los españoles. No hay prisa para arreglar las calzadas de toda España, que cada vez nos recuerdan más a las del Norte de África a quienes a diario circulamos por ellas: veinticinco reventones en una sola noche en el tramo de la A4 que transcurre por Jaén, esta misma semana. Cuatro años y tres meses tardaron en llegar las primeras indemnizaciones por la catástrofe causada por la erupción volcánica en La Palma; tampoco hubo prisa.
Pero sí que hay mucha prisa para subir el suelo electoral, por lo que pueda venir en los próximos meses, y, por supuesto, pensando también en el medio y largo plazo, si es inevitable transigir con una legislatura alternativa intermedia. Las zarpas en Indra pueden hacer magia electrónica para retocar algunos escañitos, pero quizás no lleguen a permitir un “milagro” que pueda colar sin abrir la caja de Pandora de un fehaciente pucherazo.
Así que, para que al profanador de la Moncloa le salgan las cuentas, en las últimas semanas se está acelerando la concesión de la nacionalidad española a los 2,3 millones de descendientes de exiliados “por la Guerra Civil y la dictadura” que lo han solicitado, al tiempo que se ha dispuesto la regularización masiva de entre 500.000 y 800.000 inmigrantes irregulares.
Respecto de los primeros, no hace falta que recordemos la inmensa cantidad de exiliados que progresivamente retornó a España durante el Régimen de Franco, para llevar una vida perfectamente normal, muchas veces incluso con sueldos de funcionarios públicos. Como un buen amigo me recordaba el otro día, un caso paradigmático de la “terrible represión” de Franco es el del arquitecto zaragozano Fernando García Mercabal, cofundador en 1933 de la Asociación de Amigos de la URSS, el mismo año en el que rediseñó en Madrid los Jardines de Sabatini. Su “depuración” tras la guerra consistió en hacerle, desde 1946, arquitecto del Instituto Nacional de Previsión, proyectando residencias y ambulatorios por toda España para el Estado nacional. Quienes no pudieron volver a la Patria entre 1945 y 1969, aproximadamente, fue fundamentalmente porque tenían delitos de sangre sobre su conciencia; y después de esa fecha, promulgada la Ley de Indulto en el trigésimo aniversario de la Victoria, quien no volvió fue sencillamente porque no le dio la gana. ¿En qué cabeza cabe, pues, hablar de “exilio”, y nacionalizar indiscriminadamente a estos descendientes?
Respecto de los segundos, no olvidemos que un inmigrante irregular es, por definición, un delincuente, dado que ha cometido el delito de entrar ilegalmente en España. Y, constando ese delito, vale un simple billete de autobús para acreditar la estancia en el país y, a partir de ahí, conceder la regularización que, al cabo de tres, cinco o diez años, según el país de origen (si es que no se casa antes con un cónyuge español), le permitirá acceder a la nacionalidad… y al voto, por supuesto.
Así que, sí, parece que a Pedro el Desenterrador le saldrá la cuenta como al bueno de Clint, si sigue exprimiendo su manual de resistencia; quién sabe incluso que le pueda salir sin necesidad de abandonar la Moncloa para no exponerse a un futuro judicial poco halagüeño. En el peor de los casos, sus herederos aprovecharán la maniobra: un censo adicional de tres millones de votantes creado y caldeado a mayor gloria del PSOE, que equivale al 8% del censo total de 2023, o, lo que es lo mismo, a la suma de los electores de Asturias, Baleares, Cantabria, Navarra y La Rioja juntas. Casi nada.
