PP, PSOE, la jeta de Fraga y una ley incómoda a ratos.

Decían que el Estado le cabía en su cabeza, de la que vamos a hablar en estas líneas. Era, por lo que se dice, tan orgulloso como inteligente; un viejo médico de mi pueblo solía contar que se había encontrado a Manuel Fraga en las Milicias Universitarias, al parecer repitiendo su formación, porque en el año anterior había quedado sólo el número 2 de su promoción, y eso no podía ser bajo ningún concepto…

Ahora el PP gallego anda indignado porque en su Villalba natal han vandalizado una vez más el busto con el que le recuerdan, y que ya ha tenido que ser repuesto alguna que otra vez tras haber desaparecido de su lugar. La acción parece coordinada con una solicitud en el Senado, presentada este pasado viernes, para que se retire otra efigie del fundador de Alianza Popular, luego refundado como PP. Bajo estas siglas aggiornadas, Fraga se quedaría como cacique del noroeste en sus últimos años de gloria, en los que se dedicó, entre otras cosas, a organizar queimadas de ida y vuelta con el tirano cubano Fidel Castro. Resulta divertido imaginar los tuits que Donald Trump podría haber escrito ante tan icónicas imágenes.

Pero claro, no es por haber sido Presidente de la Junta de Galicia por lo que ultraizquierdistas y separatistas periféricos quieren que se quite su despejada frente de la llamada “cámara alta”, ni siquiera por haber sido ministro de Franco, curiosamente, sino por haber sido vicepresidente segundo, con atribuciones en Interior, en 1976, con Juan Carlos ya como Jefe de Estado y Arias Navarro en la Presidencia del Gobierno. La excusa es la muerte de cinco activistas de extrema izquierda durante los sucesos de Vitoria de marzo de aquel año, cuando la Policía Armada tuvo que intervenir con contundencia para recuperar la normalidad en una ciudad sumida en el caos revolucionario de una huelga general salvaje. Los hechos tuvieron lugar en la iglesia de San Francisco de Asís de la capital alavesa; de las concomitancias entre el comunismo y los clérigos postconciliares ya hablaremos en otra ocasión.

Naturalmente, lo que los senadores de Bildu, PNV y demás adláteres rojoseparatistas invocan para fundamentar la petición de retirada del busto de Fraga es la Ley de Memoria Democrática, una vez más peligrosamente extendida más allá de la muerte del Caudillo. No es la primera vez que lo intentan; una moción similar ya fue rechazada en 2023 por el PP… y el PSOE. Llama la atención la discreción del PP nacional, que ha dejado, por el momento, que el pronunciamiento público lo haga su dirigencia gallega. Pero llama mucho más la atención que el PSOE sanchista se arriesgase hace apenas tres años a irritar a sus socios por tamaño asunto; veremos cómo salda la cuestión esta vez. Unos defienden a su fundador con la boquita pequeña y otros evitan vengarse en efigie de un odiado represor, elevado políticamente durante la sanguinaria dictadura. ¡Cuántos pecados ocultos habría que descubrir en estas extrañas actitudes! ¡Cuántos de estos medidos posicionamientos se deberán a cierta tarde bien aprovechada por Fraga en una logia masónica londinense, al poco de ser asesinado el almirante Carrero Blanco!

Al preboste gallego le dejó evaluado perfectamente el teniente coronel Tejero cuando saludaba a los diputados que salían del Congreso el 24 de febrero de 1981, espetándole: “Usted, Fraga, es peor que Carrillo”. Manuel Fraga es uno de los grandes responsables de haber desplazado y deformado la conciencia de millones de españoles, fieles al Caudillo y a su obra, convirtiéndoles en progres de derechas, acomplejados ante la falsa superioridad moral de la izquierda, y haciéndoles abrazar las conquistas ideológicas que ésta iba haciendo y dejando atrás para abordar el siguiente escalón hacia la depravación: pornografía, divorcio, aborto por plazos, “hechos diferenciales” separatistas, aberrosexualismo, cuento climático, etc. Si su jeta continuase en el Senado del Régimen del 78, seguiría haciéndose visible y palpable su traición a los principios que un día juró; por eso deseamos que allí continúe inamovible, para que nadie olvide.

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