Un vodevil llamado desclasificación.
Esta pasada semana, con la que se cerraba el mes de febrero, han convergido dos acontecimientos en los que concurría el eje común del famoso golpe del 23-F de 1981. El primero de ellos, el único realmente importante y que sólo a la Providencia ha correspondido ordenar, es la muerte del teniente coronel Antonio Tejero Molina, uno de los últimos soldados de España que merece tal nombre, si es que acaso no sea el último. Sobre ello, no vamos a extendernos, porque, gracias a Dios, sobran las plumas mejores que la nuestra que han sabido contar y cantar sus hechos, dignos de otros tiempos en los que la Patria habría sabido agradecérselos. Por lo tanto, remitimos al lector a la excelente biografía editada por SND hace algunos años, “Tejero, un hombre de honor”, obra de nuestro Presidente Álvaro Romero; y a los no pocos artículos de semblanza que se han publicado estos últimos días, como los que en “El español digital” han firmado el historiador Francisco Torres, el coronel Francisco Bendala, el poeta Manuel Cabo Fueyo, o J.L. Antonaya. Nos limitamos nosotros a un marcial “¡PRESENTE!”, que la emoción agarra a nuestra garganta. Dios le conceda el descanso eterno.
El segundo acontecimiento es obra meramente humana, y no es otro que la llamada “desclasificación” de los documentos relacionados con aquellos sucesos de hace cuarenta y cinco años. Luego dicen que somos radicales, y hasta llamamos “obra humana” a una decisión del gobierno socialcomunista, pobrecitos de nosotros… Desde que se anunció esta desclasificación, hace algunas semanas, muchos de nosotros pensábamos que iba a ser la última vuelta de tuerca del sanchismo para liquidar las ruinas decrépitas del Régimen del 78. Creíamos que se iba a descubrir de una vez por todas, ya como versión oficial, el papel de Juan Carlos de Borbón, sus cortesanos de confianza y los servicios secretos de las potencias que tutelaban la Tra(ns)ición en la preparación y desenlace del 23-F. Pensábamos que se pretendía destruir el prestigio y legitimidad de la monarquía parlamentaria, que desde entonces venían sustentándose en su actuación para “salvar la democracia”, y no en haber sucedido en la Jefatura del Estado a Francisco Franco, por decisión personal suya, refrendada por las Cortes del Régimen del 18 de Julio. Pensábamos que, ante el horizonte aterrador de tener que salir de la Moncloa tras las siguientes elecciones generales, Sánchez iba a lanzar el órdago de la reforma constitucional y del referéndum republicano, quien sabe si con la secreta aspiración de ir alternando los sillones de Presidente y de Primer Ministro, como si de un Vladimir Putin cualquiera se tratase. Quizás hasta soñase con legalizar la bigamia y contraer segundas nupcias con una bidivorciada Letizia Ortiz, nunca seremos lo suficientemente imaginativos como para adivinar lo que pasa por el cerebro refugiado tras ese demacrado rostro.
Sin embargo, nos hemos encontrado con un espectáculo que hemos presenciado innumerables veces en los últimos cincuenta años, pero que últimamente parecía ya fuera de cartelera: la perfecta sincronización de las derechas e izquierdas política y mediática para construir un relato monolítico que debe quedar fijado e indiscutido en el imaginario de sus respectivas masas. La “desclasificación” ha servido para acabar con los bulos de la ultraderecha: Su Majestad Don Juan Carlos ha vuelto a ser el paladín que habría evitado la involución, hasta el punto de que ahora la agenda de actualidad simplemente versa para unos y otros en cómo traerle cuanto antes de vuelta de su injusto exilio (autoinfligido para no reducir su nivel de vida ni pagar impuestos, esto nadie lo recuerda). Durante años, el conocimiento de la verdad de lo ocurrido era patrimonio de las pocas personas que se habían tomado la molestia de leerse libros de auténtica investigación o de acceder al relato de los protagonistas y testigos. Desde que, tras su abdicación, se había abierto la veda contra el cazador de elefantes, esta verdad empezaba a asomar en tertulias, comentarios y artículos en la prensa y televisión convencionales. Las recientes memorias de Juan Carlos parecían un empeño estéril de parar este tsunami de realidad; el exagerado y artificial edulcoramiento con el que se narra su gestión de aquella crisis no había encontrado apenas eco, ni siquiera en la prensa más afín a los sucesivos ocupantes del Palacio de la Zarzuela.
Y hete aquí una “desclasificación” que no ha desclasificado nada que no haya sido ya previamente publicado, incluso con décadas de antelación, mientras que curiosamente deja todavía ocultos al público otros documentos del máximo interés que, cuando llegue el momento serán inocuos o habrán desaparecido; tal y como ha ocurrido siempre, desde el asesinato del general Prim. Hete aquí una “desclasificación” que ha dejado al descubierto, una vez más, la indigencia intelectual y profesional de la clase periodística española, vendiendo como esclarecedoras novedades algunos papeles que se habían comentado ya ampliamente… ¡en 1997! Hete aquí el último truco de prestidigitador callejero del inquilino de la Moncloa, poniendo a Feijóo en el primer tiempo del saludo, anulando al partido verde (que confunde el morrión de la Monarquía Hispánica con el morro de cemento del liberalismo con corona), y dejando en fuera de juego a sus compañeros de viaje más a la izquierda, perdidos en sus luchas intestinas. Los únicos que han sabido estar con alguna dignidad en su papel han sido los separatistas filoetarras, reclamando, con bastante razón, que una desclasificación de la documentación sobre el GAL sería bastante más jugosa que este vodevil de tercera.
En fin, veremos hasta qué punto esta operación a la vieja usanza del Sistema del 78 es eficaz o no. Con nosotros, desde luego, no cuela.
