Lecciones persas

Al infausto Fernando VII, le recordaron sus deberes los prohombres de la época con el célebre “Manifiesto de los persas”, en el que se comparaba la anarquía causada por la revolucionaria constitución de 1812, la “Pepa”, con los cinco días de libertinaje que intencionadamente se dejaban en Persia cuando se les moría un rey. Aquel Borbón, que todavía conservaba una mínima parte de buen sentido (bueno, quizás sólo miedo servil, como el que tienen ahora los de su apellido para incurrir en el sinsentido), pegó uno de sus bandazos para hacerles caso. Luego se arrepintió de su arrepentimiento, y así unas cuantas veces hasta crear un problemón que trajo cuatro o cinco guerras civiles en un siglo, unas élites corruptas… y media España entregada a la anti-España. Así, hasta hoy.

Siglo y pico más tarde, no necesitamos recurrir a la historia de Persia para extraer de aquella legendaria región valiosas lecciones de cómo funciona el mundo actual, pues nos vienen dadas a golpe de titular de periódico. Simplificando, vamos a resumirlas en dos.

La primera es que existe una potencia hegemónica, que tiene su capital en Tel Aviv y sus arsenales en Norteamérica. Es una potencia supraestatal, concedamos ingenuamente que por mera superposición de intereses de dos Estados complementarios. Tal potencia dirime en última instancia quién es amigo y quién no. El amigo actúa como quiere, y sus hechos discutibles son juzgados con benevolente distancia; por ejemplo, consideremos  la tiranía integrista wahabita de Arabia Saudita o la ocupación ilegal del Sáhara Occidental por el sultanato marroquí. Sus enemigos, sin embargo, no tienen derecho ni siquiera a que su bandera ondee en competiciones deportivas, aunque su culpa (o la ausencia de ella) sea de la misma naturaleza (sólo que en inferior proporción) a la que ellos mismos contraen: véanse los juicios generales mediáticos y las repercusiones para sus autores de la “operación especial” rusa en Ucrania en comparación con los ataques a Palestina, Líbano y ahora a Irán. Igual que esta potencia hegemónica establece la moralidad de la vida personal y social a través del cine y los espectáculos, la “cultura” financiada y las instituciones internacionales que controla desde su creación (no caigamos en el trampantojo trumpiano con la ONU y sus agencias), establece también la moralidad de la vida política interna y externa de las naciones, arrogándose un supremacismo que ningún imperio de ninguna época jamás osó reclamar para sí.

La segunda es que no es suficiente con estar dispuesto a golpear, muriendo en el intento si es necesario. No basta con procurar por todos los medios desarrollar una capacidad militar que asegure una respuesta contundente ante cualquier ataque. La única posibilidad de que un enemigo de la potencia hegemónica pueda desarrollar tranquilamente una vida interna propia y sin injerencias consiste en disponer de armas nucleares; me refiero a armas reales, no a armas supuestas que se están “a punto de conseguir” desde hace 30 años. Por eso, al enemigo norcoreano no lo secuestran después de apagar su país, ni le atacan a distancia con un cierto macabro espíritu de videojuego. Por eso, a la chita callando, India ha entrado en la carrera por disputar a China su papel como poder geopolítico alternativo. Por eso, además de por los fosfatos del Sáhara, el Proyecto Islero, incluso suspendido, le costó la vida al almirante Carrero (no dejen ustedes de leer los libros de SND al respecto, como “El asesinato de Carrero”, de Luis Segura, y “Carrero asesinado”, de José María Manrique). Franco, como siempre, vio más allá y lo intentó, pero no pudo ser. Y por eso, desde 1975, España está gobernada por asalariados de la potencia hegemónica, de distintos pelajes y marcas en apariencia irreconciliables, pero en el fondo sinárquicos.

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