Primero de abril
Cuando José Antonio y sus poetas acabaron de ponerle letra en diciembre de 1935 a aquella melodía compuesta por el maestro Tellería, no sabemos si por sus cabezas pasaba que, a pocos meses vista, comenzaría una crudelísima contienda civil. Si pasaba que el propio Jefe y convocante de aquella reunión iba a ser asesinado en menos de un año. Si pasaba que esa risa de primavera que anunciaba la canción iba realmente a verificarse un Primero de Abril de 1939. Amor y guerra, tragedia y profecía en torno a una pianola de bar.
Hoy pretenden transformar esa gloriosa fecha en el final de una salvajada y en el inicio de una tiranía. En cierta medida, lo primero es cierto. No porque el Alzamiento y la Cruzada fuesen una salvajada, sino porque el final de nuestra Guerra de Liberación supuso el fin de un triste y sangriento camino de luchas intestinas entre la España de siempre y la antiespaña surgida de la Revolución, primero liberal y luego marxista. Y porque el final de la guerra supuso el fin del salvajismo satánico de las hordas rojas en una persecución religiosa que, si bien intermitentemente se había ido cobrando centenares de mártires desde un siglo antes, se extremó en aquellos terribles años hasta hacer palidecer cualquier relato sobre los primeros santos inmolados en el Imperio Romano.
Para rebatir la mendacidad de lo segundo, bastan los datos de la numerosa y seria bibliografía sobre el Régimen de Franco, editada casi siempre fuera de las grandes firmas del Sistema (aquí algunos buenos títulos), o simplemente la visualización de este documental, que, sólo en Youtube, ya han visto más de ciento veinte mil personas. Pero, ¿alguna vez se ha parado usted unos minutos a considerar lo que hubiera sido un Primero de Abril con un triunfo rojo (o republicano, llámenlo como quieran)?
Por ejemplo, proyectemos las 70.000 víctimas en la retaguardia perdedora, ocasionadas en un territorio cada vez menor. Si, en lugar de ir perdiendo provincias, las organizaciones armadas revolucionarias hubieran ido haciéndose dueñas de toda España, ¿hasta dónde habría llegado la represión? Como mínimo, al doble de esa cifra. ¿Cuántas familias españolas hoy simplemente no existirían? Si trece obispos y más de 6.000 sacerdotes y religiosos fueron asesinados en ese corto período, ¿habría quedado después de una victoria roja siquiera un alma consagrada a Dios? ¿Habría habido siquiera posibilidad de culto católico? ¿Habrían existido siquiera los seminarios donde se formaron los clérigos que desde hace sesenta años escupen sobre la memoria de la Iglesia martirial española y del Caudillo que la salvó de su extinción?
Sin historia-ficción, simplemente partiendo a ciencia cierta del férreo control que la URSS ejercía sobre el gobierno republicano, ¿qué habría pasado apenas unos meses después, en septiembre de 1939? ¿Cuántos centenares de miles, tal vez millones, de españoles habrían muerto en vano en la II Guerra Mundial, defendiendo la geopolítica de Stalin? Vemos lo que fue de Polonia, Hungría, Rumanía… de todos los países más allá del telón de acero. ¿Alguien puede pensar que España habría sido diferente, que el comunismo internacional habría regalado al capitalismo occidental, como prenda de buena voluntad, una península estratégica que cerraba el Mediterráneo y que había ganado para sí con anterioridad? Ya podemos estimar no sólo qué tiranía real y asfixiante habrían padecido los supervivientes, sino también el retraso económico y la ruina moral en la que habríamos quedado sumidos hasta los años 90 del pasado siglo.
¿Cómo sería un documental, 50 años después, sobre “La victoria de Negrín”? Imagínenselo, compárenlo con el nuestro que antes les enlazaba, y estremézcanse.
