El asedio a la Fundación Nacional Francisco Franco
Fueron varios y siempre heroicos los asedios que se produjeron en nuestra Cruzada de 1936 a 1939. Algunos de ellos, como los del Cuartel de la Montaña, en Madrid, o el Cuartel de Simancas, en Gijón, más o menos breves y siempre trágicos, con episodios por todos conocidos. Otros, como el de Oviedo o el Alcázar de Toledo, prolongados y exitosos en la defensa de los baluartes cercados.
También los hubo largos y con triste final: en este mes de abril recordamos las últimas semanas de resistencia sobrehumana del Santuario de la Virgen de la Cabeza, en las cercanías de Andújar, cuya caída en poder de los rojos se produciría el 1 de mayo de 1937. Diezmados, agotados, enfermos, heridos y hambrientos, los hombres capitaneados por el laureado Santiago Cortés, guardias civiles y falangistas, que durante ocho interminables meses habían resistido junto a sus familias, sucumbían finalmente a la embestida de varios millares de soldados y milicianos. El capitán Cortés moriría al día siguiente, a consecuencia de las graves heridas sufridas en los últimos momentos del combate.
Lo que sí tuvieron en común todos estos asedios fueron la crueldad, la arrogancia y, sobre todo, el odio satánico con el que los sitiadores se emplearon contra los sitiados. Estas características comunes las encontramos ahora en el asedio legal al que se está sometiendo a la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF). Con unos procedimientos acelerados o estirados, según convenga a la agenda política y electoral del PSOE, el gobierno socialcomunista ataca y la FNFF hace frente a todos los desmanes, con impecable práctica jurídica, aun a sabiendas de que es casi seguro de que el resultado ya está más que predeterminado, se haga lo que se haga. Todavía nos recordaba en estos días su Presidente el agravio comparativo que sufre la FNFF respecto a otras fundaciones afines al poder, en injusticia tan palmaria que avergonzaría a cualquiera.
No hay que desanimarse. No importa. Ellos tienen toda la fuerza y toda la capacidad coercitiva, nosotros tenemos la razón. El capitán Cortés, derrotado en batalla desigual, no sólo venció ante Dios y ante la Patria, no sólo venció a la vesania marxista, permaneciendo indeleblemente en el corazón y en el recuerdo de los españoles como un héroe ejemplar. También obtuvo una victoria mucho más material y cercana a su muerte: su sacrificio valió la continuidad del cuerpo al que pertenecía, hasta nuestros días. El desigual comportamiento de la Guardia Civil en la contienda, donde más de la mitad de sus efectivos no se sumaron al Alzamiento y combatieron contra las tropas nacionales, había llevado a Franco a meditar su disolución, incluso con el decreto ya redactado y sólo pendiente de su firma. No olvidemos que hizo lo propio con la Guardia de Asalto, donde el porcentaje de sublevados fue todavía menor, y que, además, la Guardia Civil tenía el “pecado original” de haber sido un cuerpo creado por los gobiernos liberales para, entre otras cosas, la represión de las partidas carlistas operativas después del final de la I Guerra. El asedio de Santa María de la Cabeza fue una de las principales razones, sino la principal, que pesó en su decisión definitiva de preservarla.
Así se escribe la Historia, siempre bajo las disposiciones de la Providencia. Puede que el asedio a la FNFF sea como el de Oviedo, Dios lo quiera, o puede que sea como el de la Virgen de la Cabeza. Pero incluso si así fuera, dando la batalla hasta el final, con dignidad, tenacidad, audacia y entrega total, aunque aparentemente se pierda, se estará sembrando la semilla de la victoria futura.
