Cuando el orden se vestía con elegancia y la patria tenía presencia visual
Nos han acostumbrado a políticos disfrazados de colegiales, a ministros en zapatillas y a manifestaciones que parecen fiestas de disfraces con purpurina y pancartas mal escritas. Pero hubo una época en la que la estética del poder imponía. En la que la presencia del Estado se notaba, se respetaba… y sí, se admiraba. Esa época fue la del franquismo. Y su imagen, lejos de ser un detalle menor, formaba parte de su fuerza. Porque Franco no solo gobernaba con firmeza: lo hacía con estilo.
La camisa azul, el brazo en alto, el paso marcial, la boina roja de los requetés, el yugo y las flechas, el escudo nacional sin complejos. Todo eso no era solo simbología: era una estética de orden, de unidad, de respeto. Era una declaración visual de que había una dirección clara, una jerarquía, una voluntad nacional por encima del caos.
Los desfiles no eran carnavales. Eran actos de orgullo y solemnidad. Se organizaban con precisión milimétrica, con disciplina militar, con un mensaje claro: esta es España, y está viva. Los ciudadanos no iban a gritar contra su propio país; iban a presenciar cómo se honraba a los caídos, a los soldados, al trabajo y al deber. Iban a ver al Estado en todo su esplendor. Y salían con la cabeza alta, no con la sensación de vivir en una charanga política.
La arquitectura del régimen también hablaba. Edificios sólidos, monumentales, de líneas rectas y materiales eternos. No se levantaban mamotretos de cristal para colgar banderas LGTB. Se construía para durar. Se construía con propósito, con simbolismo, con identidad. Los pueblos se llenaban de viviendas dignas, de iglesias restauradas, de plazas ordenadas. Hoy, por el contrario, el urbanismo es un desastre multicultural sin alma.
Hasta los carteles, los sellos, los billetes, las postales… todo respondía a una estética nacional. A una imagen coherente que decía: esto es España. Y cuando lo veías, lo sabías. Sin ambigüedad, sin complejos, sin miedo a ofender a nadie. Porque el régimen tenía claro que la imagen no es superficial. Es poder. Es mensaje. Y es orgullo.
Hoy, esa estética se prohíbe, se ridiculiza o se oculta. Porque se sabe que transmitía fuerza. Porque se teme que, al verla, muchos sientan nostalgia de un tiempo donde el país se representaba a sí mismo con claridad. Porque frente al desorden estético actual, banderas rotas, símbolos inventados, arte degenerado, lo del franquismo, al menos, tenía dignidad.
Franco cuidó cada detalle, cada uniforme, cada acto, cada imagen. Porque entendía que un país que se respeta a sí mismo debe verse sólido, unido, imponente. Y porque gracias a esa estética, generaciones enteras crecieron sabiendo qué era España… y viéndola representada con orgullo.