Cuando el que mandaba lo hacía con seriedad, no con chascarrillos y campañas de TikTok
Hoy tenemos políticos que se graban bailando, que hacen el ridículo en platós de televisión, que no saben hablar sin un teleprompter y que gobiernan según el trending topic del día. Y lo peor: nos hemos acostumbrado. Nos parece normal tener un circo institucional en vez de un gobierno serio. Por eso cuesta tanto imaginar que hubo una época en la que quien ocupaba la jefatura del Estado imponía respeto, sobriedad y sentido del deber. Ese fue Francisco Franco.
Franco no era simpático. No hacía guiños populistas, no se disfrazaba de gracioso ni bajaba al barro mediático. Era jefe de Estado con todas las letras: austero, reservado, meticuloso. Su figura representaba orden, continuidad y responsabilidad. No necesitaba abrazar niños ni soltar frases ingeniosas en Twitter. Gobernaba. Punto.
Mantenía una disciplina personal casi militar hasta el final. Madrugaba. Trabajaba. Estudiaba informes. Escuchaba a técnicos. Tomaba decisiones con cabeza fría. No era un burócrata, pero tampoco un improvisador. Su despacho no era una pasarela de influencers, sino el centro de un poder ejecutivo que funcionaba con precisión.
Franco no acumulaba patrimonio. No se hizo rico. No montó fundaciones para asegurarse una jubilación dorada. Vivía con sobriedad. Vestía con sobriedad. Hablaba con sobriedad. Porque entendía que su figura no le pertenecía a él, sino a la nación. Algo impensable hoy, donde la mayoría de los altos cargos viven del Estado como si fuera su cortijo particular.
Y cuando hablaba, lo hacía desde el deber. No había frivolidades ni postureo. Sus discursos —tan criticados hoy por quienes no podrían redactar ni un párrafo sin eslóganes vacíos— estaban cargados de contenido político real: identidad nacional, unidad, desarrollo, sacrificio. No buscaba aplausos fáciles. Buscaba resultados.
A diferencia de los jefes de Estado actuales, cuya autoridad depende del guion que les escriben desde el gabinete de comunicación, Franco era su propia institución. No respondía a lobbies, no cambiaba de opinión cada semana, no era rehén de partidos ni de alianzas internacionales. Respondía a España. Con firmeza. Y eso, aunque escueza, es lo que da estabilidad.
Franco no necesitaba caer bien. Necesitaba hacer las cosas bien. Porque su función no era ganar elecciones, sino gobernar con visión histórica. Porque no quería gustar al mundo, sino dejar un país en pie. Y porque, en resumen, fue un jefe de Estado que se comportó como tal: con autoridad, con dignidad, y con un respeto absoluto por la institución que representaba. Algo que, viendo el panorama actual, se echa profundamente en falta.