Cuando se enseñaba de verdad: La educación en tiempos de Franco

Hoy la educación en España es una ruina. Lo dicen los informes internacionales, lo sufren los padres, lo ven los profesores y lo comprueban, con dolor, los chavales que salen del instituto sin saber ni escribir una carta. Pero hubo un tiempo, sí, ese tiempo que tanto se empeñan en pintar de gris, en que se enseñaba de verdad. Se enseñaba con orden, con esfuerzo, con disciplina. Se enseñaba para formar personas útiles, no activistas de TikTok. Ese tiempo era el franquismo.

En los colegios del régimen no se debatía si el niño era “no binario” o si el recreo debía ser inclusivo. Se aprendía. Se memorizaban los ríos, las capitales, las tablas de multiplicar, la gramática, la historia. Se leía a los clásicos, se respetaba al maestro y se entendía que el aula era un lugar sagrado. No había asambleas de alumnos ni pedagogías blanditas: había tiza, cuaderno, pupitre… y resultados.

Porque el objetivo de la escuela franquista no era entretener al alumno, era elevarlo. Sacarlo de la ignorancia. Prepararlo para la vida. En los pueblos más perdidos, donde antes solo había analfabetismo, se levantaron escuelas nacionales con banderas en la puerta y crucifijos en la pared. Y en ellas, miles de niños humildes aprendieron a leer, a escribir, a pensar con lógica.

La figura del maestro, por cierto, se respetaba. No se le apaleaba, ni se le ignoraba, ni se le trataba como a un funcionario frustrado. Era una autoridad. Un referente. Un servidor público que formaba a la futura España. Hoy, en cambio, un profesor tiene que andar con pies de plomo para no ofender a ningún “colectivo”. Y mientras tanto, los alumnos no saben colocar una tilde.

Las Escuelas de Magisterio, los bachilleratos exigentes, el sistema de Formación Profesional… todo eso nació, se consolidó o se mejoró durante el régimen. No había barra libre de aprobados ni selectividad de chichinabo. El que estudiaba, progresaba. El que no, repetía. Y no pasaba nada. Porque el esfuerzo era un valor, no una opresión.

Se formaron generaciones enteras que luego levantaron el país. Gente sin carrera universitaria pero con cabeza, con ortografía, con cultura general, con dignidad. Obreros que sabían firmar, hablar con corrección, hacer cuentas de cabeza. Y lo aprendieron en escuelas públicas de una España pobre, pero seria. Sin tablets. Sin psicopedagogos. Sin cursilerías.

Hoy tenemos leyes educativas nuevas cada dos años, todas peores que la anterior. Políticos que no saben conjugar un verbo legislando sobre educación. Padres que se quejan si su hijo suspende. Y un sistema entero centrado en no traumatizar al alumno… aunque salga del colegio sin saber sumar fracciones.

Franco lo tuvo claro: sin educación no hay nación. Y por eso la convirtió en prioridad. Lejos del circo ideológico actual, construyó un modelo que apostaba por el conocimiento real, no por el adoctrinamiento ni la ingeniería social. Así que sí, molaba. Porque en sus aulas no se hacía política: se enseñaba. Y punto.

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