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De cómo Franco quedó atado por la victoria en la guerra. Por José Mª Blanco Corredoira

En la noche del 20 de diciembre de 1973, a las pocas horas de que el almirante Carrero y sus dos acompañantes fueran asesinados, el presidente del gobierno en funciones, Torcuato Fernández-Miranda se dirigió por televisión a todos los españoles. En su breve alocución dijo, entre otras, estas palabras: “…Hemos olvidado la guerra en el afán de construir la paz de los españoles, pero no hemos olvidado ni olvidaremos nunca la victoria, que ha abierto el camino de la paz y la justicia.”

 Las circunstancias en las que se alcanzó aquel final de la guerra son obviadas por muchos pretendidos estudiosos de la historia reciente de España. Pero para quien asumió el gobierno y la jefatura del Estado, el general Franco, aquellas circunstancias conformaban el nuevo mapa de operaciones de una empresa histórica sin precedentes:

En primer lugar debía asegurar la victoria frente a posibles rivales políticos y frente a cualquier rebrote de la insurgencia, ya fuera en forma de guerrilla interna o de ataque desde el exterior.

En segundo término –aunque estrechamente ligado al anterior- debía establecer el procedimiento por el que se juzgara a los culpables del terror rojo, que incluía el exterminio de los religiosos en España, el expolio y destrucción de nuestro patrimonio artístico.

Debía también asumir la ingente tarea de la reconstrucción de una nación devastada por la guerra; dirigir un gobierno que se encaminara a tal fin, en medio del aislamiento internacional y de una hostilidad que fue creciendo conforme perdían la guerra las naciones del Eje.  En este mismo orden internacional se comprometió con la “no beligerancia”, que fue, en realidad, una estricta neutralidad a excepción de la honrosa contribución de los voluntarios españoles contra el comunismo enrolados en la División Azul. Pero que nunca pasó de una sola división y su participación se ciñó a dos años de contienda en el territorio soviético.

 Y por último, Franco se preocupó desde muy pronto por dar una salida institucional a un régimen que él sabía accidental. Es por ello que Enrique de Aguinaga acertaba a decir que el franquismo fue un proceso de instalación histórica. Y auguraba el viejo decano de los cronistas madrileños que llegaría el día en el que el régimen de Franco sería valorado como el de un proceso restaurador. Ese fue su sentido histórico, el de conducir la victoria alcanzada hacia una nueva monarquía.

Alguien dirá que en ese proceso se tomó el Generalísimo su tiempo. Y dirá una verdad tan grande como aquella que el propio Franco había confesado en su día: la de que nunca había jugado una carta sin saber cuál era la siguiente que había de tener en la mano.

Por eso, pese a que todo el mundo sabía que Franco se sentía monárquico y que se había sentido honrado al ser reconocido, primero, como gentilhombre de cámara de Su Majestad y apadrinado en su boda, después, por don Alfonso, no quiso jugar sus bazas sino estando muy seguro de los pasos que iba dando. Esto fue desesperando a don Juan, y más aún a su corte de Estoril. Y muchas veces tuvo que refrenar la impaciencia del joven conde de Barcelona, ya titular de los derechos dinásticos desde unas semanas antes de la honrosa muerte de Alfonso XIII en Roma. Nunca perdió Franco la paciencia ni las buenas formas en la larga relación epistolar y en los pocos encuentros personales que tuvieron, pero con elegancia discutió con él o le reprendió, como en la carta que le envió a principios de 1944 en la que se vio obligado a exponer las razones de su legitimidad y las obligaciones que había contraído con el destino de España. Y de forma sintética le dijo: “…he de sentar varias afirmaciones:

  1. La monarquía abandonó en 1931 el poder en la República.
  2. Nosotros nos levantamos contra una situación republicana.
  3. Nuestro Movimiento no tuvo una significación monárquica, sino española y católica.
  4. Mola dejó claramente establecido que el Movimiento no era monárquico. (En ello el Príncipe –refiriéndose a don Juan- es testigo de mayor excepción).
  5. Los combatientes de nuestra Cruzada pasaron de la cifra del millón.
  6. Los monárquicos constituían entre ellos una exigua minoría.

Por lo tanto, ni el Régimen derrocó la monarquía, ni estaba obligada a su restablecimiento. Entre los títulos que dan origen a una autoridad soberana, sabéis que se encuentran la ocupación y la conquista; no digamos el que engendra salvar una sociedad. […] Nosotros caminamos hacia la monarquía, vosotros podéis impedir que lleguemos a ella. No hagáis caso a lo que del extranjero puedan insinuaros: las promesas a Polonia, al rey Pedro de Yugoslavia, al de Grecia, a Víctor Manuel, a Giraud y a tantos otros, se esfumaron ante las realidades. Pesan más Stalin, Tito, los guerrilleros griegos o los comunistas franceses que los convencionalismos y las promesas de gobiernos y monarcas.”

A estas razones de legitimidad de Franco frente a la abierta oposición de don Juan, aún exhibió otras como las de una cierta idea de providencia. Pues para un hombre tan devoto como él nada podía explicar su mandato sino como una obra de la Providencia que le exigiría su responsabilidad. Y por último, la de saber cuántos y cuán fuertes eran sus enemigos. Los conocía demasiado bien. Había vencido al comunismo soviético en el campo de batalla patrio y eso era algo que no le perdonaría ni Stalin ni toda su rehala de mandatarios secuaces, ya fueran uniformados por el Komintern o disfrazados de eurocomunistas. Preservar la victoria significaba que España no podría abrir el sistema a un régimen de partidos políticos. La fuerza del comunismo y socialismo en el mundo borraría del mapa la obra política y social del Movimiento.

Cuando el ministro García Hernández se atrevió a sugerirle que podía llevar una vida de retiro, el Franco ya débil y enfermo le clavó su viva mirada y le dijo: “-Usted sabe que eso es algo que no puedo hacer.” Sencillamente porque nadie debía olvidar las obligaciones de la victoria, ni la victoria misma.

Blanco Corredoira

Escritor y abogado. Autor de “El rey que todo lo perdió” SND Editores

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