Orden, autoridad y respeto: las tres cosas que Franco impuso y hoy brillan por su ausencia

Hay una verdad que muchos callan por miedo a ser etiquetados, y es esta: en tiempos de Franco, podías andar tranquilo por la calle. De noche. Solo. Por barrios donde hoy no se te ocurriría pisar sin mirar atrás cada cinco segundos. ¿Por qué? Porque había autoridad. Había ley. Y había respeto. No el respeto de boquilla que exigen los políticos progres mientras revientan la convivencia con su dejadez, sino el respeto real, el que impone la certeza de que, si haces el cafre, pagas.

Franco no negociaba con delincuentes. No les daba subvenciones, no les compraba su silencio, no les ofrecía pisos por ocupar. Al que la liaba, se le detenía. Punto. Sin circos mediáticos, sin excusas ni “reinsersión” como mantra vacío. La seguridad no era un privilegio de ricos ni un espejismo electoral: era una obligación del Estado, y se cumplía.

La Guardia Civil y la Policía eran cuerpos respetados. No por miedo, sino por eficacia. Sabías que estaban ahí. Sabías que si pasaba algo, actuaban. Hoy, en cambio, ves a un agente y te da pena: ninguneado, cuestionado, limitado por protocolos absurdos y leyes hechas para proteger al delincuente antes que a la víctima. En tiempos de Franco, ese mundo al revés no existía.

Las ciudades eran seguras. Incluso en barrios obreros. Incluso en zonas humildes. No había “zonas de no intervención”, ni bandas latinas, ni ocupaciones masivas. Nadie se planteaba quemar contenedores, agredir a ancianos, atracar en el metro o hacer del vandalismo un estilo de vida. Porque sabían que el Estado no miraría para otro lado. Que la autoridad, si se ejercía, era firme y legítima.

Y eso es civilización. Es vivir sin miedo. Es que una madre deje a sus hijos jugar en la calle sin pensar que puede pasarles algo. Es que un abuelo vuelva del centro a su casa sin llevar las llaves entre los dedos “por si acaso”. Es que tú, ciudadano de a pie, te sientas protegido, no abandonado.

Hoy se ha confundido libertad con descontrol. Democracia con barra libre. Y los resultados están a la vista: calles tomadas por el incivismo, barrios convertidos en guetos, policías señalados, jueces atados de pies y manos, y una sensación general de que el sistema ha tirado la toalla.

Franco no la tiró. La empuñó. Y por eso, durante décadas, este país fue un lugar donde reinaba el orden. Donde la autoridad no se discutía a golpe de trending topic. Donde se podía vivir sin tener que mirar por encima del hombro.

Porque hoy, más que nunca, lo que falta en España no es ideología ni partidos nuevos: es ley, es autoridad y es seguridad. Y eso, Franco lo supo garantizar mejor que nadie.

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