Torrente o la paradoja del progresismo.

No me he gastado un duro en ver la última producción de Santiago Segura en su papel de Torrente. Tampoco lo hice con ninguna de las cuatro películas anteriores (cinco, según me corrige un rápido vistazo en el buscador de referencia). Sin embargo, es casi imposible no conocer mínimamente al personaje, icono subcultural de la España del siglo XXI, a quien todo el mundo identifica por unas mínimas características básicas: colchonero, sucio hasta lo asqueroso, vicioso hasta lo pervertido, corrupto, inepto, vago, aprovechado y… facha.

En ese mismo rápido vistazo he comprobado que el primer título de la saga se estrenó en 1998. No sé si en aquel momento Segura tuvo subvenciones o no, pero sí recuerdo perfectamente que a los que no tenemos ningún reparo en que nos llamen fachas, franquistas, fascistas o lo que toque, aquel “brazo tonto de la ley” nos hacía cualquier cosa menos gracia. Como aquel “Martínez el Facha” que aparecía en una innombrable revista periódica, Torrente era un intento más de ridiculizar y humillar a quienes aún teníamos y tenemos por nuestra la bandera con “el pollo”, que él lucía en las situaciones más absurdas, depravadas y vergonzantes.

Torrente nació, pues, en esa España noventera, que recorre aproximadamente el período comprendido entre los fastos olímpicos de 1992 y el golpe de Estado encubierto del 11 de marzo de 2004. Fueron unos años intermedios en los que afloró la crítica mendaz y la burla soez sustentada sobre el “nuevo orden mundial” del optimismo, del fin de la historia para derechas e izquierdas que sintetizaron una visión común al finalizar la Guerra Fría: el planeta inevitablemente abocado a la resolución de todos los problemas por obra y gracia del ingenio humano y por la verdad irrebatible del progreso indefinido. Todo ello sin Dios, naturalmente, que sobraba en la ecuación.

Antes, a pesar del odio, el sectarismo y la inquina de los poderes dominantes desde la muerte de Franco, se forzaba una especie de seriedad y fraudulento equilibrio en las valoraciones de su Régimen. Todavía vivía demasiada gente en sus cabales como para que las mentiras más aberrantes pudiesen circular con impunidad. Todavía existía aún, entre sus perpetradores, cierta sensación de alivio por haber consumado la Tra(ns)ición de forma exitosa, cierta intención de no pulsar fibras sensibles mientras se disfrutaba del botín arrebatado a los españoles, tras haber vaciado las arcas y haber corrompido las estructuras que habían generado nuestra prosperidad durante cuarenta años. Después, empezó la “segunda transición”, el camino hacia una III República socialcomunista, aventurada por Zapatero y cada vez más visible en los proyectos de Sánchez y sus cómplices de diferentes siglas. Un tiempo en el que ya no hay enormidad que no se diga, ni falsedad a la que no se le quiera dar marchamo de ley.

Ahora, en esta nueva época que vivimos, ni siquiera la burla es suficiente, sólo vale la aniquilación. Y al cineasta Segura le llueven críticas desde sus antiguas trincheras, por el mero hecho de dar voz a un personaje deforme y bufonesco. Al facha infame no se le puede ya oír, ni siquiera para dejarle convertirse en el hazmerreír del público. Porque el problema es que, en la propia caricatura, el facha dice verdades que hay que ocultar, repite “news” que no son “fake”, sino la triste realidad a la que se enfrenta el español medio, quien de repente ve en una pantalla grande como un tipo, por nefasto que sea, dice las mismas cosas que se le pasan por la cabeza y no tiene el valor de pronunciar en voz alta, quizás ni en la intimidad de su propio hogar.

Ya no se puede decir la verdad, ni en broma. El discurso progre ha llegado a tal extremo de supremacismo que es incapaz de tolerar no el debate, sino hasta la mera existencia de una opinión alternativa, aunque sea expresada de forma intencionadamente ridícula. El progre de izquierdas de antaño mira a su alrededor desorientado; sólo el que se ha dedicado laboriosamente a estar al día de las sucesivas novedades del “wokismo” es capaz de entender la situación y seguir el ritmo de la chaladura izquierdista, como el culturista que nunca olvida tomarse sus esteroides para mantener el tipo. Sin olvidar al progre de derechas, por supuesto, que, en su caso, nunca olvida estar totalmente actualizado de las últimas barbaridades del rojerío para criticarlas con moderación, mientras asume en sus constructos las barbaridades del día anterior.

En fin, lo siento por ti, progre de ayer: ahora eres el facha de hoy. Progre de hoy, serás el facha de mañana,.. si es que los fachas de verdad no somos capaces de remediar este desaguisado.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *